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A Roma con amor
Recomendada |
La nueva comedia de Woody Allen gira en torno a cuatro historias separadas, todas ambientadas en la Roma contemporánea: dos de ellas involucran a personajes provenientes de Estados Unidos que viajan a la capital italiana, y las otras dos a italianos en su propia ciudad. La película sigue sus romances, aventuras y desventuras, a través de los más pintorescos rincones de Roma.
En pocas palabras...: Una película irregular aunque generalmente amena en la que, gracias al talento narrativo y a algunas ocurrencias típicas de su director, el entretenimiento y la reflexiva diversión están presentes.
Sobre deleites y comparaciones
Si bien ya lo he mencionado al pasar en comentarios anteriores acerca de películas de Woody Allen, esta vez me siento tentado a profundizar en un asunto que no deja de sorprenderme. Me resulta al menos curioso y llamativo que ante cada uno de sus estrenos - algo que por suerte sucede generalmente una vez por año - desde algunos sectores del público y en especial desde cierta parte de la crítica, se centre la mirada casi exclusivamente en la comparación con el resto de su prolífica obra.
Por supuesto que los antecedentes de sus responsables valen y aportan a la hora de juzgar una película, pero en el caso de Allen creo que se exagera en la cuasi exigencia de que cada trabajo sea mejor que el anterior y así sucesivamente. Quizás sea que su vasta y rica trayectoria brinda más oportunidades de hacerlo que con otros cineastas no tan fértiles...
Que se repite, que está viejo, que ya perdió una cuota importante de creatividad, son solo algunas de las cosas que se vienen escuchando desde hace al menos 20 años. Un director que lleva cerca de 50 películas no puede llegar a los mismos grados de excelencia en todos sus trabajos, de ahí que aparezcan como demasiado concluyentes algunos juicios que, hasta ahora, la realidad indica que han sido al menos apresurados. Cuando de pronto el pequeño gran cineasta nos deleita con filmes como Match Point o Medianoche en París (y solo por citar un par de los últimos tiempos), la realidad desdice esos juicios lapidarios, las pleitesías y los elogios abundan, y los cuestionamientos agoreros quedan agazapados esperando la próxima oportunidad.
Estas apreciaciones claro que están dichas desde el elemental respeto - el que a veces no se tiene con tamaño artista - a las valoraciones y a los gustos de los demás, pero es algo que desde ya un tiempo me llama la atención. Para quien esto escribe, la trayectoria de este neoyorquino que en diciembre próximo cumplirá 77 años, contiene 5 o 6 obras maestras, una decena al menos de excelentes filmes, y un resto de ejemplos cuya valía oscila entre la disfrutable efectividad que enriquece la media del panorama general hasta llegar a algunos - los menos - donde los altibajos los hacen prontamente olvidables aún en un marco de cierto ingenio y agudeza.
Entrando ya en la película que nos ocupa, y teniendo en cuenta esas cuatro escalas señaladas a grosso modo, bien podríamos ubicarla en ese tercer nivel de calidad. Estamos ante una película irregular aunque generalmente amena, y que en varios pasajes, gracias al talento narrativo y a algunas ocurrencias típicas de su director, el entretenimiento y la reflexiva diversión están presentes.
La trama pasa por cuatro historias sin relación alguna entre sí. Por un lado nos encontraremos con las peripecias de un joven arquitecto (un bastante fallido Jesse Eisenberg como alter ego de Allen) que, inmerso en disyuntivas amorosas, encontrará la voz de su conciencia en un colega mayor y desencantado. Al mismo tiempo, seremos testigos de las andanzas de un neoyorquino jubilado como director de ópera - personaje en el que Woody vuelve a la pantalla y que genera los momentos más divertidos del filme - que, viajando a Roma para conocer a sus futuros consuegros, descubre inesperadamente un descollante talento en el dueño de una funeraria. Conoceremos también a la en apariencia inocente pareja que podrá cumplir sus fantasías en una agitada luna de miel y, por último, seremos testigos de cómo la fama toca a la puerta de un rutinario oficinista (papel en el que se destaca un contenido Roberto Benigni). Todo esto en el marco de una Roma homenajeada a la manera en que Allen ya lo hizo con otras ciudades europeas de un tiempo a esta parte.
Hay un par de detalles que a simple vista destacan y dotan a las distintas historias de sus mejores momentos. Por un lado, el sutil manejo de la sátira para - desde una aparente liviandad - repartir palos en varias direcciones. No se salva el intelectual, el pequeño burgués con posiciones progresistas, y tampoco aquellos que fundamentan en la debilidad humana sus poco edificantes actitudes en relación a cuestiones como la infidelidad o la mentira. El otro elemento es la furibunda cinefilia que destila en varios pasajes, y que homenajea esta vez a Bergman y en especial al neorrealismo italiano y a Federico Fellini.
El segmento en que el ignoto empleado salta a la fama de un día para el otro y sin mayores méritos es el mejor logrado de los cuatro, y todas esas referencias cinéfilas conjugan de buena manera con lo que se quiere contar. A la vez que las referencias al cine de Bergman son claras en el episodio de los arquitectos, donde su protagonista pretende resolver sus conflictos hablando con su pasado. Ya las otras dos historias carecen de la eficacia de las mencionadas, y si bien hay algunas situaciones de humor absurdo bien elaboradas, lucen como un tanto desprolijas en su desarrollo.
Con sus obsesiones de siempre, Allen otra vez está entre nosotros. Que nunca falte.