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La culpa del cordero

Recomendada
Título Original: La culpa del cordero
País: Uruguay-Argentina
Año: 2012
Género: Drama
Duración: 1h30'
Calificación: +15 años
Dirección: Gabriel Drak
Protagonistas: Ricardo Couto - Susana Groisman
Elenco: Rogelio Gracia - Lucía David de Lima - Mateo Chiarino - Andrea Vila

Jorge y Elena (Ricardo Couto, Susana Groisman) han estado casados durante 35 años. Ante la reciente jubilación de Jorge, la pareja ha decidido hacer un cambio fundamental en su vida y para comunicarlo convocan a sus hijos a un asado en la chacra familiar. Lo que prometía ser un apacible domingo en familia se va tornando tenso y complejo a medida que pasan las horas, aumentan los brindis, y los secretos familiares comienzan a salir a la luz…

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Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: Sin ánimo de trascendencia, da la impresión de que lo que se pretendía se logró. La película entretiene, la historia engancha, y hacia el final dispara alguna reflexión. Vale.

Opíparos secretos y suculentas verdades

A la altura de su primer largometraje (cuenta con un antecedente en el mediometraje, un thriller de 2001 llamado Los Desconocidos), el director y guionista Gabriel Drak logra en este nuevo film uruguayo sostener una adecuada estructura narrativa y una eficaz forma de mantener la atención del espectador. La manera de contar la historia hace que - pese a algunos altibajos de guión y de elenco - estemos ante una comedia ácida, cuya tensión e interés no decae casi nunca a lo largo de su hora y media de duración.

En una coqueta chacra de algún balneario de Maldonado, el maduro matrimonio compuesto por Jorge y Elena recibe a sus cuatro hijos (dos mujeres y dos hombres), a su yerno, su nieta y la niñera de ésta. El simulado fin de esa reunión sería el de compartir una amable velada, degustando un cordero asado. Lo que parecía una excusa para comunicar que el jefe de familia se había jubilado y que la pareja pasaría a vivir en ese lugar, se irá transformando en un más que incómodo lance, donde las apariencias del principio estarán lejos de la realidad.

A grandes rasgos, el relato podría separarse en dos mitades con formas narrativas bien distintas. En la primera, se puede percibir un estilo que recuerda al que tan bien maneja la cineasta argentina Lucrecia Martel en su gran película La ciénaga (2001). En este sentido, es notoria dicha influencia en la escena donde toda la familia espera inmóvil, y sentada a cielo abierto, una tormenta - no climática precisamente - que pronto llegará. Austeridad en las palabras, pero llaneza en los pequeños gestos y en las expresiones de los rostros, van presagiando un ambiente donde saldrán a luz las miserias y los aspectos sórdidos de algunos - por no decir todos - los personajes. En este marco, alguna escena de sexo - y no por pacatería precisamente - aparece como fuera de contexto, ya que no está encuadrada en la precisa sobriedad que el filme manejaba en esos momentos.

En la segunda mitad, y con el cordero ya pronto, se cambia abruptamente el tono. Lo que hasta aquí se sugería sale a luz explícitamente por la boca del reciente jubilado. Los pecados se vuelven públicos y queda en evidencia toda la degradación ética y moral de ese grupo familiar. Desde una mirada particularmente crítica, se puede reprochar cierta falta de profundidad en el planteo de algunas conductas. Más allá de las superficiales pinceladas que se plantean, no hubiera sobrado conocer un poco más acerca de los verdaderos motivos que llevaron a esas personas a tener tales comportamientos. Este reparo para nada invalida un trabajo que sale a flote gracias al humor negro que resuelve algunas situaciones, y al buen pulso con que se crea el ambiente de suspenso que precede a cada nueva revelación.

En lo que tiene que ver con el elenco, son notorios los altibajos. La escala va desde actuaciones que apenas llegan a lo aceptable hasta otras estupendas que sostienen el engranaje de la historia. En éste último grupo brillan con luz propia Mateo Chiarino, Andrea Vila y en especial Ricardo Couto como padre y abuelo. Su manejo del sarcasmo y la ironía, y hasta la contenida furia desengañada que su rostro y gestos traslucen, confirman las dotes de un verdadero actor de raza, al que años de valiosa labor - en especial en teatro pero también con alguna incursión en cine y televisión - no le han dado aún el prestigio que merece.

Sin ánimo de trascendencia, da la impresión de que lo que se pretendía se logró. La película entretiene, la historia engancha, y hacia el final dispara alguna reflexión. Vale.


Por Pablo Delucis para Cartelera.com.uy
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