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Shame: Sin reservas

Recomendada
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Título Original: Shame
País: Reino Unido
Año: 2011
Género: Drama
Duración: 1h41'
Calificación: +18 años
Dirección: Steve McQueen
Protagonistas: Michael Fassbender - Carey Mulligan
Elenco: James Badge Dale - Nicole Beharie - Lucy Walters

Brandon (Michael Fassbender) es un treintañero que vive en Nueva York y tiene una seria adicción al sexo. Es seductor y profesionalmente exitoso, pero la facilidad que tiene para mantener sexo casual con mujeres es proporcional a su dificultad para establecer relaciones duraderas. Cuando Sissy (Carey Mulligan), su caprichosa e inestable hermana menor, aparece en su casa y se instala sin previo aviso, la rutina tan particular y aislada de Brandon empieza a colapsar y, al mismo tiempo, afloran recuerdos de un doloroso pasado familiar.

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Sábado 23 de Agosto   |  21:05
Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras...: Una profunda exploración de conductas humanas complejas, captadas de manera inquieta y reveladora por el director Steve McQueen. Excelentes labores de Michael Fassbender y Carey Mulligan.

El sexo y la ciudad

La primera imagen de la película es un plano cenital del cuerpo inerte de Brandon. Desnudo, apenas cubierto por una sábana, pálido, flaco y con la mirada perdida en un punto fijo, parece un cadáver. Un muerto en vida. Pero Shame no es una película sobre muertos vivientes, sino sobre seres vivos al borde del precipicio.

Para quien haya visto la primera película del director Steve McQueen (Londres, 1969), la conexión parece inevitable. En Hunger (2008), una estupenda película nunca estrenada en Uruguay, el cuerpo del protagonista era una herramienta narrativa tanto como lo es en Shame. En Hunger – una meticulosa recreación de la huelga de hambre de prisioneros políticos del IRA, liderada por Bobby Sands en Irlanda del Norte en 1981 – el cuerpo era utilizado como discurso político, como estrategia de militancia. En Shame, el cuerpo del protagonista (en ambos casos, el alemán Michael Fassbender) sirve para desnudar su sexualidad con la misma facilidad con que esconde sus emociones. El cuerpo de Brandon es el vehículo con el cual logra establecer contacto con los demás, principalmente, claro, con las mujeres, y así obtener un rápido, efectivo y desafectado placer sexual.

Ya se ha mencionado el paralelismo entre las rutinas del personaje y las de otro neoyorquino célebre, mucho más oscuro pero igualmente sofisticado, elegante y exitoso (al menos laboralmente): el Patrick Bateman de American Psycho, encarnado por Christian Bale en la versión cinematográfica de Mary Harron (2000). Ambos seres son, es cierto, solitarios y frecuentes usuarios de caros servicios de prostitución. Y ambos habitan en una Nueva York estilizada, impersonal, escenario perfecto para la búsqueda de satisfacciones inmediatas, de esas que se piden por catálogo. Pero lo que en la novela de Bret Easton Ellis era puro cinismo, egolatría y un claro desprecio por la vida humana en el contexto de la era Reagan, en Brandon Sullivan es frialdad, desinterés y un creciente odio hacia sí mismo que – tras los atentados del 11/9 – parecen síntomas de una posmodernidad desencajada. En otras palabras, Bateman era producto del frenesí capitalista y delirante de su tiempo; Sullivan es un burgués desencantado e insatisfecho. Ambos no pueden dejar de hacer lo que hacen, ya sea matar o provocarse orgasmos.

La gran diferencia entre ambos es que a Brandon no le gusta nada la imagen que el espejo le devuelve de sí mismo. De otra manera es difícil de entender el rechazo violento que le produce la irrupción de su hermana Sissy, y sobre todo la aparente incapacidad de ésta de “hacer algo” con su vida, de dejar de ser un parásito, como él le reclama. Ese discurso que le manda sentados en el sofá, frente a un televisor con dibujitos animados como cuando eran niños, suena muy parecido a la mezcla de vergüenza ajena con frustración y odio que produce el ser descubierto en la más secreta intimidad, como cuando Sissy abre la puerta del baño. O como cuando no logra tener una erección frente a su compañera de trabajo… Es como si Brandon le estuviese reprochando a su hermana conductas propias que no se permite reprocharse a sí mismo, como si Sissy (formidable labor de Carey Mulligan) fuese esa imagen desagradable en el espejo. Después de todo ella es su otra mitad, sangre de su sangre. Y ese desprecio por sí mismo le impide ver la fragilidad del otro, en este caso de la otra, cuya intromisión en la rutina de Brandon es a todas luces un grito de auxilio, tal vez el mismo auxilio que Brandon es incapaz de pedir.

A la madura y profunda exploración de conductas humanas complejas que hay en el guión - del propio McQueen y Abi Morgan - se suman la mirada sutil y reveladora del director, el punto de vista subjetivo e inquieto, la tensión emocional creciente que es subrayada por una banda sonora grave y ominosa (compuesta por Harry Escott). Y la elegancia del entorno, de los apartamentos y las oficinas con vistas panorámicas, que vuelcan cientos de ventanas sobre la intimidad y la soledad del protagonista. Sabido es que se puede vivir en una ciudad con millones de habitantes y estar completamente solo y aislado. O tener la incapacidad de establecer lazos afectivos duraderos con otras personas, sean completos extraños o nuestros parientes más cercanos.

Lo que está siempre presente es la ciudad. Y el sexo. Porque podrá gustarnos más o menos, podremos vivirlo de una u otra manera, pero - como dijera John Cameron Mitchell, autor de una de las películas más interesantes y polémicas que se han filmado sobre el tema (Shortbus) - el sexo es inevitable. Y como reflejo de cómo somos y de qué sentimos, no siempre nos gusta lo que ese reflejo tiene para mostrarnos.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy
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