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El árbol de la vida

Recomendada
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Título Original: The tree of life
País: Estados Unidos
Año: 2011
Género: Drama
Duración: 2h19'
Calificación: Todo público
Dirección: Terrence Malick
Protagonistas: Brad Pitt - Sean Penn
Elenco: Jessica Chastain - Hunter McCracken - Laramie Eppler - Tye Sheridan

Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2011 y nominada a 3 premios Oscar (incluyendo mejor película y mejor director), El árbol de la vida está narrada desde el punto de vista de Jack (Hunter McCracken), un niño que vive con sus hermanos y sus padres (Jessica Chastain, Brad Pitt) en la Norteamérica de los años 50. Este viaje que comienza con la pérdida de la inocencia llega hasta nuestros días, con Jack ya adulto (Sean Penn) recordando ciertos momentos trascendentes de su infancia y la influencia de éstos en el hombre que él es ahora.

Comentario de Cartelera.com.uy

En pocas palabras…: Es cierto que la película es ambiciosa, y que no va a gustarle a todo el mundo. Pero para quien logre conectar con ella, con su cúmulo de emociones y recuerdos vívidos, puede resultar en una experiencia removedora y visualmente impactante.

Hermano:

Vi una película que me dio vuelta como a una media, y que te recomiendo que veas. Se llama El árbol de la vida y su director es Terrence Malick, un maestro del cine. No filma mucho, más bien poco (hizo apenas cinco películas en 38 años), pero cada vez que lo hace el resultado es una genialidad (excepto El nuevo mundo, la penúltima, que no me gustó tanto aunque es mejor que casi todo lo que hace Hollywood en un año). Es un tipo reservado y huraño, que no da entrevistas ni asiste a entregas de premios; la última foto de él que se puede encontrar en internet es de 1999. Dicen que es el J.D. Salinger del cine; la diferencia es que mientras el autor de El guardián entre el centeno se encerró y dejó de publicar libros poco después de alcanzar notoriedad, Malick sale al mundo y sigue haciendo películas, aunque en secreto. La verdad, mientras siga filmando a mí no me importa que no dé la cara.

El árbol de la vida es una de esas películas que algunos (incluso vos mismo) llamarías “rara”, o “intelectual”, o “festivalera”; de hecho ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y le ha gustado a mucho crítico alrededor del mundo, aunque también hay quienes la llaman pretenciosa, aburrida, delirante. Viste que cuando uno no logra conectar con una película (ya sea por imposibilidad de uno mismo o de la propia película) empieza a buscar adjetivos para descalificarla. Lo mismo sucede a veces con las personas...

Es cierto que la película es ambiciosa, y que no va a gustarle a todo el mundo. Porque no hay una línea narrativa clásica, convencional, y es difícil decir de qué se trata, cuál es la historia. Pero al mismo tiempo es muy sencillo: es la historia de una familia, una familia tipo de los años 50 en un suburbio de Texas. Padre, madre, tres hijos varones. Una familia marcada tanto por la severidad y el autoritarismo del padre (que es Brad Pitt) como por la belleza y dulzura de la madre (Jessica Chastain, toda una revelación). Una familia sesgada tempranamente por una tragedia, que no se ve ni se explica pero que pesa sobre el resto de la película y de los personajes. El tema es que no está contada de manera lineal, con principio, desarrollo y final, sino como una sucesión de fragmentos, recuerdos, incluso sueños que tienen mucho más que ver con el universo de lo inconsciente y de lo subjetivo, aunque con una base en la vida real. La del protagonista, Jack, que rememora su infancia siendo un adulto con la cara de Sean Penn, y la de todos nosotros. Vos, yo, cualquiera. Y eso tiene que ver con parte de lo que me pasó viéndola.

¿Viste que dicen que cuando uno muere ve pasar ante sus ojos toda su vida como si fuera una película? Bueno, algo de eso hay. Porque la película parece una vida resumida en poco más de dos horas, no porque uno asista a cada momento en la vida del protagonista (eso sería eterno y embolante) sino a lo más significativo, por lo menos en su primera etapa, la de niño y preadolescente. Esa etapa en la que las vivencias y las relaciones afectivas nos marcan para siempre, nos hacen quienes somos, nos plantan recuerdos para toda la vida. Esas imágenes que luego se transforman en nuestras memorias, en nuestros sueños, a veces en nuestras pesadillas, y que probablemente sean las que más veamos en la película de nuestra vida, porque son las más lejanas, las que más añoramos. Solo espero que el día que yo me muera la película de mi vida tenga la calidad de una de Malick, con esa fotografía, esa música maravillosa…

Tengo que advertirte: hay un par de momentos en que el director se va un poco al carajo. Concretamente, al origen mismo del universo, al momento de la creación en que vino el fuego y el agua, la primera vida en la Tierra, los dinosaurios (sí, como los de Jurassic Park, con animación digital incluida), el meteorito y todo lo que vino después. Es toda una secuencia en que vos te preguntás qué está pasando, por qué estoy viendo esto; pero lo cierto es que no podés dejar de mirar. Primero porque es hermoso, un espectáculo visual impresionante; y segundo porque, de algún modo extraño, tiene sentido en medio de una película que intenta resumir en una vida, o en la vida de una familia, la experiencia humana y la historia del universo como algo absoluto, único y contradictorio, tan bello y milagroso como doloroso y trágico. Después de todo, allí comenzó todo, ¿no? Ya sea por la gracia de Dios o por las fuerzas de la naturaleza.

Después, sobre el final, hay otro momento que no te quiero adelantar pero que tiene que ver con un reencuentro, el reencuentro entre las almas o algo así. Con hacer las paces con nuestro pasado, nuestros fantasmas, nuestros rencores. Es algo muy celestial, y aquí queda claro que el director es un tipo muy religioso, por si cabía alguna duda. Es la parte que menos me interesó de la película; te digo más, me parece que sobra. Y lo digo con todo respeto por Malick, que igual no creo que se moleste en leer críticas a sus películas y mucho menos si están escritas en español.

Pero hay un momento en El árbol de la vida, un momento muy preciso, en que me puse a llorar como un niño y no podía parar. Me daba cuenta que no lloraba tanto por los personajes como por mí mismo. Y creo que tiene que ver con eso de conectar con los recuerdos perdidos, esos recuerdos de la infancia que lucen cada vez más borrosos a medida que crecemos pero que intentamos recuperar, atrapar, guardar en un álbum imaginario como si fueran fotografías. Imágenes que tenemos y que de vez en cuando reaparecen, a veces sin distinguir si las vivimos realmente o si alguna vez las soñamos. Imágenes de nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros primeros amigos, la casa de la infancia... Aquellas tardes de verano, con la caída del sol en esa hora mágica en que el cielo es de un azul intenso, fulminante. La luz del mediodía entrando por la puerta de la cocina, colándose entre las hojas de los árboles o regando el pasto alrededor de la casa… Aquellos juegos inocentes, las primeras crueldades y perversidades de niños, los animalitos muertos, las primeras heridas… El cariño, las caricias, los llantos, los gritos, las peleas. La total libertad y la falta de ella, la disciplina, los rencores, el odio, porque uno cuando es niño de repente odia a sus padres y les desea cosas terribles (como le sucede a Jack, que cuando es niño es interpretado por el increíble Hunter McCracken), así como de repente soñás que uno de tus padres se muere y te despertás en medio de la noche ahogado en un solo llanto…

No sé, hermano. Creo que por todo eso la película me pegó mal; probablemente lloraba por la pérdida de la inocencia y de nuestra infancia. Porque vos ya no sos el mismo, ni yo soy el mismo. Y porque por más que lo intentemos, ya no volveremos a ser aquellos niños que jugaban en el jardín de la casa como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Por todo esto, también, te la recomiendo. Porque llorar es bueno, y aunque no llores (no todos lloramos por las mismas cosas) creo que la película te va a ayudar a recuperar algunos de esos recuerdos y sensaciones que, aunque no sean exactamente los de Jack, ni los míos, es bueno revivir en la forma de una película. Sobre todo si viene mucho antes de la hora final y con la calidad de una de Malick.


Por Enrique Buchichio para Cartelera.com.uy
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